La
gente me mira, siempre. Quizá sea por mi manera de vestir, o porque llevo gafas de sol en días nublados. Quizá, porque, con este corte de pelo, parezco una niña, y si
no lo seco con secador, más bien parezco una seta, una campana, una fregona.
Quizá, porque de estar triste durante tanto tiempo, la mueca de mis labios se
inclina hacia abajo, dando la impresión de que estoy triste. Quizá porque, si
no llevo gafas de sol, debo llevar los ojos entrecerrados, y hace que parezca
que estoy enfadada.
Quizá
me miran por esas zapatillas de tela blancas que tengo, que están pintadas con
graffitis de colores, y cada una lleva el cordón de un color diferente, a cada
cual más chillón. Quizá me miran porque me ven poco, pero aun así me quedo
grabada en su retina a fuego. O quizá porque camino con la espalda
completamente recta, al contrario que la mayoría. O porque no agacho la cabeza
al pasar frente a la gente. O porque no voy sonriendo a todo hijo de vecino. Quizá porque tengo manchas en los dientes a causa de la falta de calcio. O
quizá porque cuando llevo cascos estoy en mi mundo, y no me fijo en nada más. La gente me mira siempre, haga lo que haga.
Cuando
hago deporte, la gente me examina, como siempre. Siempre me juzgan con sus
miradas. Si llevo el pelo largo, o corto. Si voy arreglada o no. O quizá me
miran porque me importa poco. Quizá me miran porque yo les mantengo la mirada,
desafiante, o quizá porque los rumores de mí se han extendido hasta cada rincón
de este pueblo envejecido, y soy la única que no se ha enterado.
Quizá
me miran porque no me relaciono con la gente de por aquí, o más bien, no me
relaciono en general. O porque desde hace un par de años, ando completamente
desaparecida. Quizá por simple
necesidad de generar bulos sobre todo lo que se mueve por las calles de este
lugar. También puede ser que me miren por los accesorios que pongo en mi pelo,
que varían según la festividad o el resto de la ropa, desde lazos hasta arañas,
pasando por cintas de colores. Quizá porque todos recuerdan aquella vez que me
puse mechas naranjas, o porque mi manera de vestir ha cambiado mucho desde que
me mudé por segunda vez.
Quizá,
me miran porque ya no saben quién soy. Quizá, me miran porque les llamo la
atención, aunque no lo suficiente -o quizá demasiado- como para acercarse a hablar
conmigo. Quizá me miran porque se ve a la legua que soy una persona extraña, o
porque me ven tan normal que resulta extraño. Quizá porque corren rumores
sobre que tengo mis reglas escritas en una libreta, o porque saben que no me
morderé la lengua ante algún comentario ajeno sobre mí. Quizá, porque el incidente en
aquel parque ha llegado hasta el otro lado del puente, o quizá porque me ven
una simple forastera.
La
gente me mira, y yo no sé por qué. Quizá, porque ven a este fantasma que camina
tras de mi cada día, y que me enciende y apaga la televisión del salón y camina
por el pasillo cerrando las puertas. O quizá, porque tengo una aura invisible a
mis propios ojos, un campo de fuerza que me rodea.
La
gente me mira y camina a mi lado desviando la mirada a continuación, fingiendo
que no soy nadie, o que no les intereso. La gente, cuando ha pasado de largo,
se vuelve para mirarme y ahí estoy yo, mirándoles, esperando sus ojos posados
de nuevo en mí. Quizá me miran porque llamo la atención, o quizá, porque cada
vez que alguien posa sus ojos en los míos, les robo parte de su alma…
La
gente me mira, y nunca sabremos por qué.
