sábado, 25 de julio de 2015

Todo depende de la inocencia del lector

Cierra la puerta con delicadeza, pero el pomo chirría suavemente. Las llaves tintinean al cogerlas. Las sombras le permiten moverse a su antojo, velozmente, sin ser visto.
No hay escapatoria.
El ladrido de los perros es alterno, simulando el movimiento de las manecillas del reloj, a lo lejos.
No hay escapatoria.
Los pasos del fugitivo resuenan en los pasillos, de mármol, por mucho cuidado que tenga. Y ya no le importa. Y correr.
No hay escapatoria.
Fuera hay silencio, tan solo silencio. Y el sonido ensordecedor del viento de finales de verano, que mueve las ramas de los árboles, rechinando en su oído.
No hay escapatoria.
La suave lluvia crea un manto blanquecino, pinchándole como dulces agujas que le provocan escalofríos al contraste del frío contra su piel cálida y sudorosa a causa de la carrera.
No hay escapatoria.
Se resguarda en la entrada de la finca, escondida en una antigua muralla, lo suficientemente grande para que pases los coches.
No hay escapatoria.
Se apoya en una de las columnas para recuperar el control sobre su respiración. Lo hace. Respira profundamente. No puede oír nada más allá del latido de su propio corazón.
No hay escapatoria.
Una mano toca su hombro. Y un grito susurrado lo acompaña.
-¡Tú la llevas...!

jueves, 16 de julio de 2015

Errores imperceptibles

Comer sin hambre, beber sin sed, decir "te quiero" sin sentirlo.
Cantar sin entonar, llorar sin tristeza, morir sin haber vivido.
Leer sin prestar atención, mirar sin ver, estudiar sin motivación.
Follar sin ganas, dormir sin sueño, soñar sin esperanza, esperar sin paciencia.
Descubrir sin buscar, aceptar sin querer, despertar sin haber dormido.
Pelear sin motivo, rascarse sin picor, protestar sin molestia.
Latir sin sangre, tragar sin saliva, caminar sin rumbo.
Lamer sin lengua, morder sin intención de dañar, atacar sin buscar la guerra.
Rendirse sin querer perder, explorar sin libertad, atar sin cuerda.
Nadar sin agua, escribir sin pensar, hablar sin detenerse.
Correr sin ser perseguido, herir sin puñal, saltar sin paracaídas.
Caer sin tener miedo, temer sin oscuridad, abrazar sin ternura.
Borrar sin haber dibujado, dibujar sin inspiración, inspirarse sin musas.
Arder sin fuego, desear sin lujuria, gemir en silencio...

Y otras maneras de desperdiciar la vida...

jueves, 9 de julio de 2015

Sentimientos 18#

La gente me mira, siempre. Quizá sea por mi manera de vestir, o porque llevo gafas de sol en días nublados. Quizá, porque, con este corte de pelo, parezco una niña, y si no lo seco con secador, más bien parezco una seta, una campana, una fregona. Quizá, porque de estar triste durante tanto tiempo, la mueca de mis labios se inclina hacia abajo, dando la impresión de que estoy triste. Quizá porque, si no llevo gafas de sol, debo llevar los ojos entrecerrados, y hace que parezca que estoy enfadada.

Quizá me miran por esas zapatillas de tela blancas que tengo, que están pintadas con graffitis de colores, y cada una lleva el cordón de un color diferente, a cada cual más chillón. Quizá me miran porque me ven poco, pero aun así me quedo grabada en su retina a fuego. O quizá porque camino con la espalda completamente recta, al contrario que la mayoría. O porque no agacho la cabeza al pasar frente a la gente. O porque no voy sonriendo a todo hijo de vecino. Quizá porque tengo manchas en los dientes a causa de la falta de calcio. O quizá porque cuando llevo cascos estoy en mi mundo, y no me fijo en nada más. La gente me mira siempre, haga lo que haga.

Cuando hago deporte, la gente me examina, como siempre. Siempre me juzgan con sus miradas. Si llevo el pelo largo, o corto. Si voy arreglada o no. O quizá me miran porque me importa poco. Quizá me miran porque yo les mantengo la mirada, desafiante, o quizá porque los rumores de mí se han extendido hasta cada rincón de este pueblo envejecido, y soy la única que no se ha enterado.

Quizá me miran porque no me relaciono con la gente de por aquí, o más bien, no me relaciono en general. O porque desde hace un par de años, ando completamente desaparecida. Quizá por simple necesidad de generar bulos sobre todo lo que se mueve por las calles de este lugar. También puede ser que me miren por los accesorios que pongo en mi pelo, que varían según la festividad o el resto de la ropa, desde lazos hasta arañas, pasando por cintas de colores. Quizá porque todos recuerdan aquella vez que me puse mechas naranjas, o porque mi manera de vestir ha cambiado mucho desde que me mudé por segunda vez.

Quizá, me miran porque ya no saben quién soy. Quizá, me miran porque les llamo la atención, aunque no lo suficiente -o quizá demasiado- como para acercarse a hablar conmigo. Quizá me miran porque se ve a la legua que soy una persona extraña, o porque me ven tan normal que resulta extraño. Quizá porque corren rumores sobre que tengo mis reglas escritas en una libreta, o porque saben que no me morderé la lengua ante algún comentario ajeno sobre mí. Quizá, porque el incidente en aquel parque ha llegado hasta el otro lado del puente, o quizá porque me ven una simple forastera.

La gente me mira, y yo no sé por qué. Quizá, porque ven a este fantasma que camina tras de mi cada día, y que me enciende y apaga la televisión del salón y camina por el pasillo cerrando las puertas. O quizá, porque tengo una aura invisible a mis propios ojos, un campo de fuerza que me rodea.
La gente me mira y camina a mi lado desviando la mirada a continuación, fingiendo que no soy nadie, o que no les intereso. La gente, cuando ha pasado de largo, se vuelve para mirarme y ahí estoy yo, mirándoles, esperando sus ojos posados de nuevo en mí. Quizá me miran porque llamo la atención, o quizá, porque cada vez que alguien posa sus ojos en los míos, les robo parte de su alma…

La gente me mira, y nunca sabremos por qué.