Adoro vivir en la oscuridad, no ser nadie, no tener forma física; tan solo vivir en la mente de los niños, ser el amigo imaginario de quien necesita creer en mí para espantar su soledad.
Pero de vez en cuando, aparece alguien. Y sólo a veces, yo, que no tengo ni cuerpo ni ser, que no puedo exigir un sitio en la existencia material de este mundo marginante, que vivo en los armarios y bajo las camas, con la esperanza de dejar de ser confundido por un triste monstruo y de tener al fin la posibilidad existir por unos instantes, unos días, unos años... Yo, criatura condenada a la soledad eterna o pasajera, a la pérdida irreparable por el mal cometido, por la sonrisa rechazada y el grito desgarrado, degradado a ver la vida pasar una y otra vez ante mis ojos, a carecer de mente pensante o de pulmones que se llenen de aire y me permitan sollozar, lloro la despedida de quien ha sabido verme, de quien me ha confiado su ser y me ha hecho real, de ese niño que ahora tiene un amigo de verdad, o quizá es demasiado mayor ya, con sus vicios insignificantes y aletargadamente satisfactorios, para perder el tiempo conmigo.
Lloro sin lágrimas y sin tristeza, sin capacidad de recordar lo que causó ese sentimiento inexistente aquí, pues conmigo se desvanece en la oscuridad que nadie quiere ver, en esa que todos iluminan en la noche temerosos de ver la realidad del universo, la pesadilla de los seres olvidados en las tinieblas del desconocimiento y la ceguera perpetua.
Almas ignorantes veo pasar ante mí, sin creencia ni fe en sus semejantes, y lloro, pues yo, ser indomable y domado por el ostracismo de la raza humana, he visto la felicidad en los ojos de un niño que tan solo mira las falsas estrellas de su techo, lleno de ilusión y cargado de la inocencia de quien no conoce el mal; he calmado el llanto del que en la noche tiene el miedo irracional del desprotegido; he detenido mi canto que permitió que durmiera hasta que lo creyó demasiado aterrador para seguir escuchándolo en una sala vacía, pero que sin embargo, convencido de que tan solo fue su imaginación, tarareó la mañana siguiente; y he escuchado historias del hombre olvidado en una silla, sin más actividad que ver pasar la vida en imágenes repetidas frente a sus ojos, retroalimentados de soledad. Lloro sin ser reconocido como ser, ni como compañía más allá de locura transitoria en una mente decrépita.
Acarició así, con mi último suspiro, el pelo de quien me dio vida y existencia durante los últimos tiempos, con la esperanza de que, aunque sólo sea en la parte más pequeña de su recuerdo infantil, sepa que jamás he existido, y eso me permita mantenerme sin ser, ni sentir, hasta nuestro próximo encuentro.
Porque a veces... Sólo a veces... Solo siempre... Desearía ser real...
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