miércoles, 7 de octubre de 2015

Visiones de madrugada

Un tecleo incesante. Noche tranquila. Nada de tormentas, eso ya está demasiado usado. Esta vez no es un invierno frío que provoque escalofríos ni vaho al hablar. Hace calor, pero un calor muy leve, agradable, propio de Galicia.
Ha apagado la televisión, pues a estas horas ya no dan nada. No es la hora bruja, de hecho, esa ya ha pasado, y no ocurrió nada extraño.

Un plano de la estantería. Nada de libros de brujería, ni de cómo invocar al diablo. Simplemente ejemplares no muy famosos, novelas de misterio y las monografías obligatorias de sus años de estudio.
Ha preferido mantener la luz principal de la estancia apagada, pues le molesta en sus comunes ojos marrones. Vista fija en la pantalla. La dirige hacia la puerta. Mientras, esta se abre. Se queda unos segundos estática, esperando ver algo. Nada más que la oscuridad las pasillo, que le impide ver el interior del cuarto de baño, cuya puerta está abierta.

Vuelve la vista a la pantalla del ordenador, dejando la estancia iluminada por una pequeña lamparita en su escritorio. La puerta se cierra lentamente hasta quedar arrimada, dando suaves golpecitos. Plic, plic, plic. Mira de reojo y sigue escribiendo. La puerta se cierra y la luz parpadea, pero ella sigue escribiendo.
Qué tópico, ¿no? Tan solo faltan los gritos de desesperación y las acciones absurdas que la lleven a una muerte segura y estúpida.

Respira hondo y se gira en la silla, mirando hacia la habitación. No ve nada, pero sabe que está allí.
-Podrías hablar, para variar, ¿lo sabes?-
La televisión se enciende y se apaga, si tiempo a que nada llegue a verse, simplemente el sonido de la pantalla de carga. Resopla y cierra el ordenador, negando suavemente.
-Un día de estos, tú y yo tendremos más que palabras.- Ambos rieron. Apagó la luz y se metió en la cama, dejando que la tapara con la sábana y acariciara su pelo.
Cerró los ojos. Seguía estando completamente sola.

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