Cierra la puerta con delicadeza, pero el pomo chirría suavemente. Las llaves tintinean al cogerlas. Las sombras le permiten moverse a su antojo, velozmente, sin ser visto.
No hay escapatoria.
El ladrido de los perros es alterno, simulando el movimiento de las manecillas del reloj, a lo lejos.
No hay escapatoria.
Los pasos del fugitivo resuenan en los pasillos, de mármol, por mucho cuidado que tenga. Y ya no le importa. Y correr.
No hay escapatoria.
Fuera hay silencio, tan solo silencio. Y el sonido ensordecedor del viento de finales de verano, que mueve las ramas de los árboles, rechinando en su oído.
No hay escapatoria.
La suave lluvia crea un manto blanquecino, pinchándole como dulces agujas que le provocan escalofríos al contraste del frío contra su piel cálida y sudorosa a causa de la carrera.
No hay escapatoria.
Se resguarda en la entrada de la finca, escondida en una antigua muralla, lo suficientemente grande para que pases los coches.
No hay escapatoria.
Se apoya en una de las columnas para recuperar el control sobre su respiración. Lo hace. Respira profundamente. No puede oír nada más allá del latido de su propio corazón.
No hay escapatoria.
Una mano toca su hombro. Y un grito susurrado lo acompaña.
-¡Tú la llevas...!
No hay comentarios:
Publicar un comentario