miércoles, 22 de abril de 2015

Un miércoles cualquiera, por la tarde.

La luz no paraba de parpadear. La quitaba una y otra vez, pero siempre volvía. Ventana abierta, para que el tráfico arruinara el silencio. La televisión en un volumen medio, para evitar la costumbre del simple ruido del pasar de los coches. No era suficiente.
Los cascos puestos, con la música a todo volumen, pero aquella lucecita no dejaba de perseguirla. Manos apretando los cascos contra sus rejas, un tic nervioso en la pierna. Subrayar, subrayar, subrayas sin siquiera leer lo que pone. Miles de pensamientos en la cabeza, de todo menos lo que debería haber. "Cállate. Cállate. Cállate." pensaba una y otra vez, manteniendo la mirada fija en la parte blanca de la hoja.
Casi le parecía poder escuchar los mensajes llegar a su teléfono, silenciado desde hacía días. Casi podía sentirlos. Un nudo apretaba su garganta cada vez con más fuerzas, como la soga que oprime el cuello del suicida.
Tensión. Todos los músculos de su cuerpo contraídos, y un dolor de cabeza insoportable. Coge el bolígrafo, con el único resultado de acabar moviéndolo con los rápidos tics de sus dedos.
Insoportable.
Guardas sus apuntes y mira los mensajes. Como ella pensaba. Gente que no conoce hablando de soberanas gilipolleces tonterías. Presumiendo de su inteligencia, aunque ella sabía que era más inteligente, y haciendo banales bromas, aunque ella sabía que era más divertida. Casi le parecía haber oído como los mensajes que no esperaba que llegaran no llegaban. Sí, los había oído. Había oído a la hipocresía rozar su teléfono incansables veces, recordándole lo estúpida que era.
"No voy a hablar más" y siempre picas, le decía con recochineo. Y ella lo único que desea era que por un instante, todo el universo quedara reducido a silencio, o incluso mejor, a insoportable ruido. Ruido que le impidiera pensar.
Para su sorpresa, un mensaje de una conversación que creía cerrada horas antes. Una sola persona que pensaba en ella. Una sola persona que, ya fuera por aburrimiento o necesidad de una paño de lágrimas, le había hablado a ella. A ella, y no por un grupo. A ella. Increíble. Casi tan increíble como la mañana anterior, que había descubierto que alguien en el instituto sabía su nombre. La margina de la última fila con nombre, qué locura...
¿Realmente le importaba que nadie le hablara? No. No era eso lo que molestaba. Era poder oír como las mentiras brotaban de la boca de la gente. Aunque fuera al otro lado del mundo, ella podía oírlas salir. Podía sentir cuando nacían, con qué peso y facilidad. Si con buenas o malas intenciones. Si por bien del mensajero o del receptor. Si valían la pena, o sólo eran lastre.
Un suspiro. Un tecleo rápido en el ordenador de las primeras palabras que le venían a la cabeza, pudiendo observar en su campo de visión la acosadora luz constante del teléfono. Un envío rápido. Sin foto. Sin interés. Una publicación rápida en una red social a sabiendas de que nadie leerá lo que ella escribe. ¿Qué importaba ya? Un día malo, en una mala semana, en un pésimo mes de un año que no parecía ir a mejor.
Ni una sola mala contestación, ni un solo grito, ni un solo golpe. Un pitido contante en sus oídos y la visualización de su representación en su mente. La búsqueda de que se acabara ya el día. La búsqueda de que se acabara ya la semana. La búsqueda de poder dormir, en silencio, o más bien en un ruido constante que no la dejase pensar.
Observó como el texto que había escrito sin ansia alguna se mostraba ya en su página. Ni un ápice de esperanza de que alguien lo leyera. Ni una muestra de sentimiento en su rostro. Se levantó de la silla dejando caer la chaqueta que colgaba de ella y se dirigió a la cama, con los brazos caídos, el pelo suelto, la cabeza muerta hacia un lado, y los ojos permanentemente abiertos como si hubiera perdido la vista hacía horas, quizá en el infinito, o quizá en su propio interior. Se dejó caer en la cama, de lado, y se mantuvo mirando a la pared, sin cerrar los ojos, evitando pestañear.
Esta vez, el pitido no cesó, y supo que no cesaría en las próximas horas. Eso la alegró. Su monstruo la rodeo con su brazo, abrazándola con frialdad, con la misma expresión de muerto en vida que ella llevaba ahora. Notaba aquel pringue negro penetrar en su ropa, manchar la colcha de su cama, incluso podía verlo por el rabillo del ojo. Respiración fuerte, ruidosa, ronca y cálida acariciando su pelo.
. . .
¿Quién quiere amigos cuando se tienen monstruos?

domingo, 19 de abril de 2015

Sentimientos 16#

Sigo sintiendo tus caricias sobre mi piel desnuda, aunque tus manos ni siquiera han llegado a rozarme.
Sigo escuchando tus palabras en mi oído y me estremezco ante la sensación cálida de tu aliento contra mi cuello, aunque jamás llegaste a hablarme con tanta dulzura.
Sigo acariciando tus labios con los míos, notando en mi boca la humedad del momento, de un momento que no llegó, que aun no llegó, que nunca llegará.
Veo gente por la calle que imita tus gestos, gestos que no he visto y si lo he hecho no lo recuerdo; gestos que imagino cada noche ante el espejo, ese diálogo onírico, real e imperfecto; trazos de ese diálogo perverso los escucho entre la multitud, cada palabra y cada cambio de tono que creo que tiene pero no estoy segura, pues no recuerdo tu voz.
Sigo, sigo esperando un mensaje que no llega, y no llegará, tu orgullo o el mío o tal vez que te has ido y ya no volverás.
Recuerdos, noches en vela pensando en estas conversaciones que quizá me he inventado y solo existen en mi imaginación.
Ya no estás, ya no vas a volver, y lo repito, porque no puedo acabar de creerlo, parece mentira que esto esté pasando; promesas rotas, mentiras puras y ataduras.
He estado tanto tiempo callada que no creía posible que pudiera someterme a algo que ya solo está en mi mente. Debo admitirlo, asumir que te has ido, pero no puedo, no lo soporto y desvarío.
Añoro tu risa, tus bromas, tus respuestas; preguntas sin sentido en una noche incierta. Todas esas cosas que ya no recuerdo si las he oído o las he soñado.
Tan solo vivo en el recuerdo de algo inventado...
Me tumbo en la cama, cara a la ventana, y cierro los ojos. Siento como te tumbas a mi lado y rodeas con tus manos mi cintura. Susurras a mi oído que no faltarás, pero ya sé que tu presencia es nula, demasiado ideal para ser real. Ante este pensamiento el aire me llama, abro los ojos y veo como, mientras el tiempo para lento, se abre la ventana. Me repito que es mentira, que estás aquí, que eres verdad, pero la ráfaga de viento, detenida en el tiempo, te estalla en pedazos una vez más.
Me tapo los oídos, todavía escucho tu voz, cada vez más suave, aunque grites, dentro de la habitación. Quiero oírme, quiero desaparecer, pienso que no soy real, pero el viento está parado para no dañarme más.
Sola, viviré en esta mentira para siempre jamás, una mentira que ahora está rota y me ha dejado con el recuerdo fugaz de tu boca...

lunes, 13 de abril de 2015

Y la niña, sin saberlo, narró un cuento al adulto perdido, mostrándole la salida.

No estaba segura del tiempo que llevaba ahí dentro, hablando de cosas que a aquella mujer no le importaban lo más mínimo, y que ella no quería contar. Por extraño que le parecía, el sol brillaba bastante. Extraño en aquel lugar. Pero bonito.

Mientras la mujer apuntaba pensativa algo en el cuaderno y la observaba de manera disimulada, ella examinó la habitación: blanca. Todo perfectamente limpio y formal. Diplomas en las paredes. El sofá blanco sobre el que ella estaba sentada era incómodo, y sus piernas se quedaban pegadas a él. "¿Será cuero de verdad?" pensó mientras dirigía su mirada hacia el calendario. 13 de abril. En apariencia, un día cualquiera.

Movía las piernas suavemente en un movimiento pendular y jugueteaba con los pliegues de su nuevo vestido. Enérgica, pero tranquila. Ojos bien abiertos, alegre. Suave sonrisa, que parecía no ir a desaparecer nunca. Ni aun estando allí con aquella seria y falsamente sonriente mujer.
Entonces se puso a examinarla a ella. Labios ojos, a juego con las uñas. Vestía un traje negro, muy formal, y esos zapatos de tacón, con punta, que la niña tanto odiaba. La voz de la mujer le hizo centrar de nuevo su atención en la conversación.

-Bien. Centrémonos en ese joven del que me has hablado. Por lo que tengo entendido, tú no tienes muchos amigos, pero parece que tienes un lazo un tanto peculiar con él. ¿Por qué? ¿Qué tiene de importante en todo esto?-

La niña se encogió de hombros, inocente, sin perder la sonrisa, y dirigió su mirada hacia la ventana. Era un primer piso, pero desde ese ángulo no llegaba a verse la calle.

-Quiero que me hables de él. Qué es para ti. Por qué estáis tan unidos...Por qué nadie le ha visto nunca.- Sus últimas palabras fueron seguidas de una mirada tan fija que tuvo la impresión de que si se esforzaba podría leerle la mente.

Sonrió más todavía y ladeó la cabeza.-¿Por qué?- Preguntó pensativa e incluso divertida.- ¡Quizá sea un fantasma!- Se echó a reír, pero la mujer tan solo apuntó en el cuaderno, seria, irritada, impaciente. "Desvía la atención. Posiblemente sea una alucinación de su mente para evitar el sentimiento de soledad."

-Él es genial.- Dijo sin más, abrazándose a un cojín, manteniendo su mirada en la ventana, en el cielo, en la nada. Fue toda una sorpresa para la mujer, que se recolocó en la silla dispuesta a escucharla.
-Y también es muy raro. Estrepitosamente raro. Pero me encanta. ¿Y sabe qué? Lo mejor es que...entre sus gustos extraños...estoy yo. -Le dedicó una fugaz mirada al pronunciar esas palabras.- No estoy segura...-se levantó y se acercó de una pequeña carrera a la ventana para mirar hacia la calle.-...de saber cómo describir. Describirle. Describir lo que siento.- Negó, dándole la espalda.- Pero en el fondo él ya lo sabe.- Comenzó a balancearse sobre sus pues, con las manos posadas en la ventana.

-Sabe que lo quiero. Y yo sé que él también a mí. Sabe muchas cosas y me las enseña. Es muy listo. Aunque a veces no lo parezca. Y odia las fiesta. ¡Todas! ¡Incluso navidad! ¡Y su cumpleaños!

Yo quería celebrar su cumpleaños con él, pero es el 13 de Abril, ¡queda tanto tiempo! También es muy gracioso. Y es guapo. Es muy guapo. Es muy guapo porque me riñe y yo no lo hago caso. Y es muy guapo porque hace que todo lo malo que ocurre parezca insignificante y divertido. Y es muy guapo porque puede hacer que me sienta pequeña, pequeña como un hada, y grande, grande como el universo. Y es muy guapo por su presencia.-

-¿Su manera de vestir?- preguntó ella confusa.

-No. Su presencia. Él está. Él siempre está. Yo nunca estoy sola porque él está conmigo todo el tiempo. Y también es muy guapo porque le ha dado la mano a mis monstruos, y ha besado mi frente, y ha susurrado "yo estoy aquí pase lo que pase". ¿Y sabe? ¡Es verdad!- Exclamó ilusionada.- Y es muy bueno. Aunque me intente castigar a veces. Es muy bueno desde el momento que me recordó que portaba unas alas en mi espalda, para alzar el vuelo, pero que siempre tendría otras alas, las suyas, para cobijarme cuando tuviera miedo.-

-Ese joven no existe.- Dijo cortante.- Lo ha producido tu mente. Yo solo quiero ayudarte pero debes decirme la verdad.-

Tras sonreír ampliamente mirando hacia fuera, se giró.
-¿A usted la ha querido alguien? ¿De verdad? ¿Sin mentiras?- Negó.- No. Él siempre dice que es un monstruo, pero yo le veo como...como...-Sus ojos brillaban con fuerza tan solo de pensarlo.- Es indescriptible... Para mí ha sido tan importante conocerle. Tan importante para volver a ser feliz. Tan importante, tan importante como la explosión para que hubiera universo.-

-¿Y qué le dirías si estuviera aquí?-

La niña estalló en una carcajada inocente y llena de vida.
-Usted ya lo sabe. Y además yo nunca estoy sola. Él está conmigo. Aunque usted no pueda verle, él está aquí.- Como si estuviera calculado por la pequeña, un pequeño timbre sonó y entonces se dirigió a la puerta dando saltitos.- ¡No puedo llegar tarde! ¡No puedo llegar tarde!- Exclamaba, imitando al conejo de Alicia en el País de las Maravillas, alegre.

-¿Tarde...?- Se preguntó la mujer mirando como desaparecía tras la puerta. y entonces se dirigió a la ventana para verla abandonar el recinto. Allí, se encontró con lo que la haría cambiar su opinión para el resto de sus días.

La pequeña sostenía ahora la mano de un joven que caminaba a su lado. Calle arriba, sin prisa, pero con paso ágil. Hablaban y ella parecía feliz. Más feliz de lo que hubiera podido esperar después de oír toda su historia. Pudo observar como le dedicaba una última mirada, cual firma de cuento. Y lo último que pudo pensar, esbozando por fin una sonrisa sincera, como quien ha descubierto en medio de una guerra perdida que todavía queda esperanza, fue:

>>Feliz cumpleaños.<<