Los cascos puestos, con la música a todo volumen, pero aquella lucecita no dejaba de perseguirla. Manos apretando los cascos contra sus rejas, un tic nervioso en la pierna. Subrayar, subrayar, subrayas sin siquiera leer lo que pone. Miles de pensamientos en la cabeza, de todo menos lo que debería haber. "Cállate. Cállate. Cállate." pensaba una y otra vez, manteniendo la mirada fija en la parte blanca de la hoja.
Casi le parecía poder escuchar los mensajes llegar a su teléfono, silenciado desde hacía días. Casi podía sentirlos. Un nudo apretaba su garganta cada vez con más fuerzas, como la soga que oprime el cuello del suicida.
Tensión. Todos los músculos de su cuerpo contraídos, y un dolor de cabeza insoportable. Coge el bolígrafo, con el único resultado de acabar moviéndolo con los rápidos tics de sus dedos.
Insoportable.
Guardas sus apuntes y mira los mensajes. Como ella pensaba. Gente que no conoce hablando de soberanas
"No voy a hablar más" y siempre picas, le decía con recochineo. Y ella lo único que desea era que por un instante, todo el universo quedara reducido a silencio, o incluso mejor, a insoportable ruido. Ruido que le impidiera pensar.
Para su sorpresa, un mensaje de una conversación que creía cerrada horas antes. Una sola persona que pensaba en ella. Una sola persona que, ya fuera por aburrimiento o necesidad de una paño de lágrimas, le había hablado a ella. A ella, y no por un grupo. A ella. Increíble. Casi tan increíble como la mañana anterior, que había descubierto que alguien en el instituto sabía su nombre. La margina de la última fila con nombre, qué locura...
¿Realmente le importaba que nadie le hablara? No. No era eso lo que molestaba. Era poder oír como las mentiras brotaban de la boca de la gente. Aunque fuera al otro lado del mundo, ella podía oírlas salir. Podía sentir cuando nacían, con qué peso y facilidad. Si con buenas o malas intenciones. Si por bien del mensajero o del receptor. Si valían la pena, o sólo eran lastre.
Un suspiro. Un tecleo rápido en el ordenador de las primeras palabras que le venían a la cabeza, pudiendo observar en su campo de visión la acosadora luz constante del teléfono. Un envío rápido. Sin foto. Sin interés. Una publicación rápida en una red social a sabiendas de que nadie leerá lo que ella escribe. ¿Qué importaba ya? Un día malo, en una mala semana, en un pésimo mes de un año que no parecía ir a mejor.
Ni una sola mala contestación, ni un solo grito, ni un solo golpe. Un pitido contante en sus oídos y la visualización de su representación en su mente. La búsqueda de que se acabara ya el día. La búsqueda de que se acabara ya la semana. La búsqueda de poder dormir, en silencio, o más bien en un ruido constante que no la dejase pensar.
Observó como el texto que había escrito sin ansia alguna se mostraba ya en su página. Ni un ápice de esperanza de que alguien lo leyera. Ni una muestra de sentimiento en su rostro. Se levantó de la silla dejando caer la chaqueta que colgaba de ella y se dirigió a la cama, con los brazos caídos, el pelo suelto, la cabeza muerta hacia un lado, y los ojos permanentemente abiertos como si hubiera perdido la vista hacía horas, quizá en el infinito, o quizá en su propio interior. Se dejó caer en la cama, de lado, y se mantuvo mirando a la pared, sin cerrar los ojos, evitando pestañear.
Esta vez, el pitido no cesó, y supo que no cesaría en las próximas horas. Eso la alegró. Su monstruo la rodeo con su brazo, abrazándola con frialdad, con la misma expresión de muerto en vida que ella llevaba ahora. Notaba aquel pringue negro penetrar en su ropa, manchar la colcha de su cama, incluso podía verlo por el rabillo del ojo. Respiración fuerte, ruidosa, ronca y cálida acariciando su pelo.
. . .
¿Quién quiere amigos cuando se tienen monstruos?